Mi abuela Partera
Profe Luis UTP
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Cuando era niño, mi madre solía contarme lo maravillosa que fue su vida rural de infancia, en abundancia y armonía: las vacas que daban mucha leche, sus diez hermanos cooperando en las labores de la casa, los potreros, bosques y huertas; toda la riqueza de la finca de mi abuelo Honorio Franco y la finca vecina que también era de la familia. Mi abuela, María del Rosario Agudelo Ortiz, fue desheredada porque, siendo de “sangre noble” española, decidió casarse con un campesino de Río Negro, Antioquia.
Su pecado fue amar puramente en un momento en el cual solo se podía amar por conveniencia, su alma siempre estuvo entregada al bien, a dar de forma incondicional. Hizo caso a su corazón y se convirtió en una partera que, con caballo y botiquín, cabalgaba hacia donde estaba el sufrimiento y la necesidad humana. Allí estaban sus manos blancas, endurecidas de pilar y moler el maíz, pero llenas de amor y ternura. Sus ojos verdes miraban con cierto aire de nobleza y gratitud.
Viajaron juntos desde Finlandia, Quindío, hasta El Águila, Valle. Allí, por las trochas, construyeron su hogar amoroso, su fortaleza. En sus cuadras de tierra cimentaron su familia; los Franco Agudelo solo laboraban en la tierra, pero cuando llegaba la alerta de una mujer en riesgo, mi abuela ensillaba su caballo, subía su kit de emergencias y cabalgaba hasta la finca donde habría de recibir la vida, de preservarla, de facilitar la llegada de un nuevo ser. Su única batalla era con las serpientes que se encontraba en el camino, su misión era salvar vidas y recibir las nuevas vidas que llegaban.
El país se hallaba dividido entre rojos y azules. Nadie podía estar, como dicen hoy, tibio. Nadie podía pensarse independiente; todos debían estar matriculados. Si tu vereda era liberal o conservadora, lo lógico era que tú fueses del mismo partido, de otra forma difícilmente podrías sobrevivir, sin importar lo bueno o malo que fueras.
Pues bien, la noble tarea de mi abuela Rosario llegó a su fin cuando llegaron los otros, en la noche, con fusiles, tirando todos los trastos de la cocina. Echaron candela a las casas, y los campesinos, llenos de nobleza y amor construido con historias de labranza, sudor y sabiduría, se arrastraron entre los matorrales vallunos con sus críos, a quienes protegían literalmente con sus propias vidas. Hombre y mujer valientes salvaron a toda la camada y viajaron solo con su ropa a empezar de cero en otro pueblo. Atrás quedaron los frutos del amor y la riqueza: sus plantas medicinales, sus vacas y gallinas.
Atrás, con los chusmeros que en adelante ostentarían de terratenientes, de nueva clase que dominaría el campo y los pueblos con sus manos y almas sucias por la sangre del campesino bueno y trabajador, y de la noble partera.
Afortunadamente, todos salieron con el bien más preciado, la vida. Las tres hijas mujeres y los siete hombres, con sus dos viejos, viajaron a empezar de cero, de la riqueza del campo a la pobreza de los suburbios del pueblo. Un pueblo agreste que no atiende con benevolencia al que viste como campesino con sombrero, perro y machete en cintura.
Ese campesino que usan para asustar a los niños diciendo que es un “loquito” simplemente porque se equivocó de selva; de la libertad del monte sagrado, ahora está encerrado en la selva de concreto. Un pobre más para las estadísticas, una historia que no cuenta ni para reposición ni para reparación porque no es del conflicto moderno, sino del anterior.
Una deuda social que no se paga, pero que en últimas todo el país la paga cuando arrincona a su gente buena, menospreciando los valores y todo ese cúmulo heredado, ese conflicto no resuelto se reactiva nutriéndose de nuevas doctrinas políticas, pero en últimas es lo mismo que no se ha resuelto en los momentos de paz.
Ahora, quienes no han vivido estas historias parecen dispuestos a querer vivirlas. Esa carencia de empatía, amor y misericordia (cordura frente a las falencias del otro). Esa falta de entender que somos una misma cosa, viajeros que compartimos nave, Colombianos por naturaleza del territorio, de pensamiento diverso, pero noble e inteligente, en una orilla o en la otra solo existe un lente empañado que no permite ver el corazón del otro a quien he matriculado opositor a mi pero que en el fondo quiere lo mismo que yo, solo que hemos decidido no construir juntos, no perdonar y no entender que los conquistadores fueron antes conquistados, que los colonizadores serán colonizados hasta que el humano alcance su potencial humano, su sentido de esencia y se agudice du capacidad de acción colectiva y de construcción a expensas de la destrucción, que aprenda a construir con cimientos fuertes y no sobre las ruinas de quien construyó antes.
Pero aún está allí la oportunidad de construir una nueva historia. A los Franco nadie les reconoció como víctimas de la historia, así como a muchos abuelos aún vivos. Pero aun así, en nuestros corazones está el perdón y el amor de esa abuelita partera que olvida el mal del pasado para recibir, preservar y festejar la vida. Aquí siguen estos genes tratando de dar Luz y ayudar a dar a Luz un mundo que por ningún motivo debe retroceder a la barbarie, porque hoy en los campos y en los barrios podrán haber muchas abuelitas parteras, no permitamos que la barbarie dale sus corazones. Reconsideremos una Colombia para todos aunque pensemos diferente porque esa es la naturaleza humana.
Decide que semilla vas a sembrar hoy.
