Una Ruta contra la Violencia llamada Respeto

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Como si fuera una ironía del destino, en la era de la hiperconectividad la comunicación parece ser más rápida, pero menos profunda. Nos decimos palabras instantáneas, el flash,el reel o el post digital, pero olvidamos el arte de la conversación: ese ir y venir de las voces que no sólo hablan, sino que escuchan y sanan, esa mano en el hombro para sentirse apoyado, esa mano que te dice tranquilo, tranquila estoy contigo, te respeto simplemente por ser, no te juzgo estas en tu momento, construyes tu historia, yo te amo y te respeto.
La Harvard Business Review (2021) reveló que más del 70% de los conflictos laborales surgen no por la complejidad de las tareas, sino por la ausencia de escucha y retroalimentación genuina. La UNICEF (2023) mostró que el 50% de estudiantes latinoamericanos ha presenciado bullying, y el 30% reconoce que los protocolos escolares poco transforman el fondo del problema.Las investigaciones lo confirman. La OMS (2022) advierte que la falta de autocontrol emocional es uno de los principales riesgos de la convivencia social.
El respeto, esa palabra tan sencilla y a la vez tan olvidada, debería nacer del corazón humano como un acto espontáneo de amor al prójimo. Lo hemos convertido en un trámite, en un protocolo, en un reglamento, en una ruta, una norma o una política.
Pedimos a las instituciones que nos enseñen lo que debería ser instinto de convivencia entre la manada, fundamento básico para estructurar la familia, principio de ciudadanía, de convivencia, mirar al otro con dignidad, escucharlo, reconocerlo, permitirle ser.
Pero necesitamos un método, un enfoque, y por eso llamo aquí a mi amigo y maestro, el Doctor Gilbert Brenson-Lazán, quien en su modelo de evolución psicosocial FIVET nos recuerda que cada persona atraviesa cinco etapas en su desarrollo: receptiva, reactiva, proactiva, interactiva y trascendente. Según su autor, estas no se limitan al curso de vida, pues cada vez que algo nuevo surge en nuestras vidas el ciclo vuelve a empezar.
En la etapa receptiva somos como semillas que dependen del suelo para crecer; es el tiempo de recibir, de nutrirse de lo que el entorno nos ofrece. Luego, en la etapa reactiva, surge la rebeldía: respondemos, confrontamos, buscamos identidad a través de la oposición. Más adelante, en la etapa proactiva, despertamos a la capacidad de entregar, de proponer y de imaginar mundos posibles. Ya en la etapa interactiva, con mayor madurez, aprendemos a negociar con el entorno, a dar y recibir en equilibrio. Y finalmente, llegamos a la etapa trascendental, un momento de luz que no siempre se mide en años, porque hay jóvenes sabios y ancianos inmaduros. En este estadio superior de la evolución psicosocial compartimos lo mejor de lo que somos sin esperar nada a cambio, convertidos en árboles que ofrecen sombra, oxígeno y fruto.
Lo inquietante es que nuestra sociedad parece haberse quedado anclada en la etapa reactiva, como adolescentes sociales, necesitamos que alguien nos imponga límites para cumplir lo esencial: no agredir, no discriminar, no destruir. Y mientras tanto, seguimos pidiendo a las organizaciones que sustituyan lo que debería ser una responsabilidad íntima del alma humana.Por eso, la verdadera evolución no está en multiplicar protocolos, sino en atrevernos a caminar hacia lo proactivo, lo interactivo y finalmente lo trascendental. Solo allí el respeto dejará de ser norma para convertirse otra vez en poesía cotidiana, en ética encarnada, en un regalo silencioso que damos a los demás, en riqueza que hace del alma.
“La paz solo se gesta en el interior de las personas,
y se sostiene en un contexto que la honra.
Cualquier instrumento entregado a un alma intoxicada por el odio
será usado para destruir, nunca para construir.”
