Pobre de Espíritu

Normalmente duermo profundamente, pero a veces tengo noches de insomnio y es justamente en esos momentos cuando siento el llamado; debo escribir algún mensaje, aunque no sepa qué voy a escribir. Es como si la fuerza omnisapiente del universo impulsara mi mente a una velocidad que mis manos apenas pueden seguir para recibir y transmitir un regalo a mis seres más queridos y a mí mismo. Pero no estoy aquí para generar controversia sobre lo Divino y lo humano; cada quien abrirá su conciencia a la lectura del libro de la vida en el momento adecuado. Al principio o al final, todos llevamos un ritmo sagrado, respetable por los demás.
Hoy me quedo en este campo de lo terrenal para hablar de algo que repetía mi madrecita. Ella siempre decía: “uno no puede ser pobre de espíritu”. Esa frase tenía poco significado para mí en aquella época cuando, siendo adolescente, solo quería entrar a un pozo de agua y flotar inmóvil como un hipopótamo.
En una primera reflexión acorde con el cristianismo, “el pobre de espíritu” es el inocente que no tiene su mente ni su corazón afligidos por el miedo, la culpa, el odio y todas aquellas enfermedades espirituales que contaminan al ser y sesgan su pensamiento, sentimientos y acciones perdiendo el norte de lo que dicta su propósito de vida, el deseo de avanzar y su capacidad de amar y de amarse.
Más adelante, esa misma frase adquirió un nuevo significado cuando mi profesor Jairo Jiménez me explicó lo que significa el “kime” para los japoneses: el espíritu demostrado, esa fuerza que nace en el interior y nos conecta con lo superior. Es esa luz que resplandece en algunas personas que, sin importar cuán difíciles sean las situaciones, mantienen su sonrisa y amor hacia los demás.
El espíritu demostrado es el ser interno que se desarrolla al cultivar la relación con lo superior, esa idea de que siempre se puede, sobre todo cuando se hace con amor y con un profundo sentido de justicia. Es reconocer el bien como la carta de navegación, la condición sine qua non. Entonces entendí que “pobre de espíritu” no se refería a la carencia de lo esencial, sino a las barreras que surgen en la vida y que impiden que nuestro espíritu se manifiesta en comportamientos, palabras, actitudes y prácticas. Era el no poner ganas a los asuntos, el no estar en el aquí y el ahora, también asociado con las máscaras del miedo.
El miedo se disfraza de orgullo, de olvido, de fastidio, de abandono, de bloqueo, de distracción o de desenfoque. Es el miedo a asumir la responsabilidad de ser adulto, padre, empleado, esposo, novio o simplemente de conducir la propia vida. La falta de espíritu es sentir que no hay un lugar en esta tierra, es sentirse débil aun teniendo mucho músculo, sentirse feo aun teniendo la belleza de la juventud, sentirse incapaz aun teniendo el talento. Es no estar, no existir o no saber existir en un espacio. Ese vacío se llena con la huida, sea esta física o el abandono de la realidad con cualquier ayuda, eliminando temporal o totalmente la presencia en el espacio donde habitamos y negándonos un regalo tan preciado y tan único. Es una injusticia de uno con uno mismo.
Solo ve a un sitio abierto, cierra los ojos por un momento y ábrelos. Mira al horizonte y verás el azul profundo, los tonos de verde, la luz. Tu vida es un bonito regalo que decides ver a color o en blanco y negro. Cuando decides apreciar esos colores que alegran el espíritu, tu espíritu se demuestra en una hermosa sonrisa que se dibuja en tu rostro. Cuando demuestras tu espíritu estando presente en un lugar, consciente de ti mismo y de lo que haces, y sobre todo consciente de que difícilmente en el universo, ni en esta ni en otra dimensión, encontrarás un lugar más hermoso, acogedor y protector que nuestro planeta tierra, ríos, mares, animales, plantas hermosas y el poder profundo de la vida te invitan a conectar con el aquí y el ahora.
Es ese espíritu el que ha llevado a personas a ganar las batallas de sus vidas, al cáncer, a la pobreza, a la frustración, al hambre, al cansancio o al desamor.
El espíritu de campeón, asegura el resultado superior.
